Foto por Braydon Anderson
Unas de las cosas que más me llamó la atención siempre es que, al comenzar un doctorado, nunca me avisaron que no era “un trabajo más”, y que me iba a cambiar la forma de ver, de actuar, de hablar… que me iba a cambiar la identidad. Siempre pensé que habría estado bien saberlo, ni que fuera para tomar la decisión sobre si lanzarme por esa vía, o no.
Hace unas semanas me conecté a la sesión de Zoom donde estaba a punto de iniciar un taller. La primera en conectarse fue una investigadora doctoral que también es médica. Ella suele llegar de primeras a los talleres. Siempre que pasa eso, y esperando unos minutos a que llegue el resto de personas, aprovecho para preguntar cómo le va a la persona si nos conocemos de antes, en qué está en cuanto a su proyecto, qué le preocupa, o qué les está funcionando bien.
Y en vez de contarme sobre posibles enredos o desenredos en su avance, me dijo algo que me sorprendió, y me emocionó a partes iguales:
“Es que lo me pasó en este año {desde la última vez que nos vimos} es que me cambió la perspectiva sobre todo, sobre mi tema de investigación, pero es más allá que eso, me cambió la perspectiva sobre el ejercicio de la medicina”.
No me sorprendió que esto le pasara, sino la claridad con la que lo expresó, y que haya elegido comentar eso, por sobre otras cosas. Justo comenzaron a llegar el resto de participantes, pero me habría podido quedar hablando un buen rato más con ella sobre esto.
Y tal y como me pasó a mi, esto de que el doctorado te cambia la identidad es algo que se sabe, e incluso se estudia. Se escribe bastante sobre los cambios identitarios con respecto a tu propia producción escrita, y sobre cómo pasas de ser estudiante de textos de otras personas, a ser autor/+ de tus textos.
De lo que se habla menos, es sobre cómo nos cambia la identidad frente a todo el resto de cosas.
Yo recuerdo de ser consciente de los cambios más profundos a raíz de dedicarme a la investigación con el grado de disciplina de un doctorado como al 3er año de doctorado: lo que elegía leer ya no era igual, mi manera de analizar las cosas no era igual, mi manera de hablar tampoco (claro, también pasé por la fase de hablar en código alienígena), y mis prioridades habían cambiado totalmente.
¿Por qué creo que esto es importante, y tuve ganas de compartirlo por aquí? Porque creo que es bueno saber desde un inicio que esto de ser investigador/+ a nivel profesional y de forma regular, desencadena cambios a nivel profundo. Nos cambia cómo nos vemos, y cómo vemos las cosas.
Y también porque creo que es importante visibilizar las maneras en las que el ser investigador/+ nos cambia, en lo bueno y, como todo, en lo malo, como forma de tener un poco más de margen de acción sobre en quiénes nos queremos convertir. ¿Queremos volvernos competitiv+s, desconfiad+s hasta de nuestras capacidades, individualistas? ¿O nos podemos imaginar otras maneras? ¿Qué condiciones necesitamos para poder realizar esas otras maneras? Creo que todo comienza por echar una mirada reflexiva hacia dentro.
Esto también, a su vez, nos da un punto de partida para pensar cuál es el papel de la universidad, además de un lugar en el que se validan oficialmente carreras, y se expiden títulos. ¿Cómo nos cambia pasar por un marco académico? ¿Cómo queremos que nos cambie? ¿Qué condiciones podrían o deberían cambiar?
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