
Foto por Anastase Maragos
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Llevo un tiempo queriendo escribir sobre lo que está pasando en Estados Unidos, en concreto, en sus universidades. Y después de que este fin de semana vino un amigo de visita a Madrid, que es también colega y profe en una universidad del sur de Estados Unidos, me decidí a hacerlo, después de que me contara de primera mano lo que estaba viviendo.
La universidad no es una institución “neutral”, como tampoco lo es la investigación que producimos ahí.
Aunque los métodos científicos hagan pensar que la objetividad existe, por lo que conozco, esa objetividad es más un ideal, o una convención, que una realidad. El tipo de universidad que tenemos impacta el tipo de investigación que podemos crear y producir, y esta última impacta la vida de una u otra forma. Este es un principio muy clásico de la sociología de la ciencia.
Para mí, como para muchas otras personas, la universidad, y la investigación que se produce ahí están posicionadas éticamente, aunque este posicionamiento no sea “dicho”. Aunque no sea explícito, sí está implícito en sus haceres. Por ejemplo, tanto la universidad y sus gestor+s, como la investigación y sus investigador+s, protegen con su hacer ciertos valores (o no).
Y el tipo de universidad que tenemos y la investigación que se puede hacer ahí depende de posiciones políticas, incluso en las ciencias que solemos pensar como “objetivas”, como en la física teórica. Y esto es así aunque estos posicionamientos no formen parte aparentemente ni de sus objetivos o metodologías, y así se le llame “ciencia no aplicada”, o “ciencias puras”. Como se ha demostrado últimamente, las ciencias médicas tienen históricamente un sesgo de género, que hace por ejemplo que de forma muy marginal y solo recientemente se investigue la menopausia, o la anticoncepción femenina.
Y la universidad y el gobierno del país del que se trate también están conectadas, estrechamente. Son interdependientes. Si un gobierno decide que esa investigación no es importante, puede debilitarse o incluso desaparecer de un año al siguiente, o de un mes al siguiente, como es el caso de USA. Y la universidad puede ser fuente de crítica frente a gobiernos que no defienden lo que deberían defender, que es el bien común.
Es desde este punto que siento la necesidad de hablar de la importancia de que el posicionamiento de la universidad sea la defensa de los derechos humanos, del derecho a la libertad de expresión, y de la libertad de estudiar lo que no funciona bien en la actualidad. Necesitamos ciencias críticas (aclaro que los ataques de odio por origen, clase, número de pantone de la piel, religión, etc., no cuentan como “libertad de expresión”, desde mi punto de vista).
Ha habido últimamente atentados graves a la independencia y libertad de la investigación, y sobre todo, de la investigación crítica. Es decir, ética, pero crítica también. Entiendo crítica como lo que no se conforma con sistemas de dominación de fuertes sobre débiles, con la injusticia, con la inequidad. Este tipo de cosas.
Quiero decir que estoy muy preocupada por la deriva hacia el odio y la polarización que estamos viviendo, y del rol que están teniendo las universidades en todo esto. Desde que comenzó el genocidio hacia el pueblo palestino en Gaza hace ya año y medio, con el uso de una fuerza militar desproporcional hacia la población civil, y con la intención de hacer una limpieza étnica, hemos entrado en una fase muy complicada de deshumanización de grupos enteros de población.
En la universidad estadounidense ahora están prohibidos, no solo la crítica frente al genocidio en Gaza, sino términos, y en consecuencia investigaciones, que tengan que ver con DEI (Diversidad, Equidad, e Inclusión).
El amigo y colega que me visitó este fin de semana en Madrid nos contó cómo ya no puede abrir una beca doctoral para una estudiante que estudia tecnología y género, y que no puede invitar a un colega que trabaja una línea crítica en su campo.
Tengo ganas de hacer un inciso con respecto a algo sobre lo que no hay consenso. Cuando comencé a hacer difusión “del tema académico”, usaba la fórmula as/os para referirme al género, y con el tiempo vi que era importante para mí usar las formas “+” de género tipo “bienvenid+s”. Lo hago ya no sólo por un tema de inclusión, sino de derechos humanos.
Es importante para mí posicionarme con respecto a estos temas, desde la humanidad que nos une, sin buscar especialmente la confrontación porque quiero actuar en el sentido de podernos volver a escuchar y acercar, pero sin dejar de afirmar que espero que la universidad sepa ver con claridad su papel en estos momentos difíciles, su papel ético y político, y de respeto de los derechos humanos, del derecho a la disidencia. Hay personas que todavía creemos firmemente que la universidad debería ser un lugar seguro para la disidencia, y para la diversidad.
Y cuando desde un poder descontrolado, se prohíben palabras como equidad, desventaja, discapacidad, LGBTIQ+, mujer, etc., estamos hablando de políticas totalitaristas, que buscan borrar ciertas realidades, que son la realidad de muchas personas. Y esto es preocupante.
Te dejo abajo un video que hablaba de los posibles motivos por los que podríamos no sentirnos cómod+s en la universidad, incluyendo motivos “políticos”.
¡Espero que te sirva!