Foto por Rodion Kutsaev, modificada por Nadia Hakim.

“Hasta que no termine esto, no me levanto”. Si te dices este tipo de cosas cuando no logras avanzar en tu trabajo, este post está especialmente dedicado a ti.

Creemos que no movernos hasta que no acabemos es la manera de comprometernos con lo que estamos haciendo, es decir una muestra de seriedad. Si lo pensamos, es la situación típica en la que nos encontramos desde pequeñas/os en nuestros contextos educativos, sobre todo desde que aprendemos a sentarnos a leer y a escribir. Teniendo en cuenta esto, no es de extrañar que el quedarnos sentadas/os y no movernos de la silla sea la “herramienta” a la que recurramos de forma automática. 

Me acuerdo bien de un día que estaba escribiendo el marco teórico de mi tesis de doctorado, y no lograba identificar cuál sería el hilo conductor del capítulo. Dejé incluso de tener una idea clara de qué era importante incluir.

Recuerdo haber estado súper frustrada, y sentirme totalmente estancada. Encima de todo me sentía culpable porque tenía el día libre y tenía el lujo de dedicarlo a la escritura. Vivía cerca a un parque, y como llevaba todo el día sin moverme de casa, decidí salir a dar un paseo. 

Es pan de cada día pasar horas enteras sentadas frente a una pantalla de ordenador. Si estás escribiendo tu artículo, tesis, o libro, seguramente estás en esta situación. En efecto, la vida como investigadoras/es transcurre mayoritariamente sin desplazarnos. Pero si nos detenemos a pensar, nuestro trabajo está en realidad lleno de momentos en los que estamos resolviendo mentalmente nudos sobre nuestro trabajo, mientras hacemos cosas para nada relacionadas, como esperando en una cola, y mientras estamos en movimiento: caminando, en bicicleta, en transporte público.

Cuando pasamos demasiado tiempo haciendo un trabajo exigente mentalmente, es muy común que se nos agote bastante pronto la capacidad de escribir palabras en el documento, tomar decisiones, o encontrar soluciones nuevas para nuestro manuscrito. Cuando estamos fuera del estado de flow, al que hago alusión frecuentemente en este blog basándome en el trabajo de Mihaly Csíkszentmihály, parece que los minutos e incluso las horas pasan en vano y no tamos sobre todo las dificultades. De alguna manera, la fatiga, la saturación mental, o la fijación excesiva en detalles sobre nuestro proyecto, impiden que avancemos, y perdemos la esperanza de avanzar ese día. 

La salida a esta situación, cualquiera que sea la tuya, vendrá muy seguramente del lado de la flexibilidad, y no de la tenacidad al insistir e insistir en un camino que no está funcionando. Puede que esto te suene contra-intuitivo. La tenacidad es supuestamente una fortaleza, pero deja de serlo cuando te fuerzas a seguir un curso de acción que simplemente no te está funcionando. La flexibilidad es una manera interesante de frentear la voz interna del perfeccionismo que te dirá cosas como que si no produces texto como lo esperabas, cumpliendo objetivos del tipo “voy a escribir 6 horas hoy”, es que el día está echado a perder. 

 

Una práctica con beneficios

Mi propuesta es que te dejes en paz un rato. Que te levantes de la silla o sofá, o donde suelas trabajar, y camines un rato. Caminar un rato y permitir que tu mente divague, sin focalizar tu atención en nada particular. Se llama “atención divergente”, contraria a la atención convergente, esa en la que estamos concentradas/os en algo en particular.  

Foto de Frank Busch

El movimiento afecta directamente nuestras capacidades cognitivas. Y aunque inicialmente sientas que es irresponsable de tu parte irte a dar una vuelta, es muy probable que notes un efecto bien interesante en tu proceso mental, y en concreto, un aumento de tu capacidad de clarificar ideas, conectar cosas, y resolverlas de forma creativa.

Como te habrás podido imaginar, se ha investigado científicamente el papel que tiene el movimiento en procesos que normalmente ocurren mientras estamos sentadas/os. Marily Oppezzo –investigadora interdisciplinar entre la educación, el comportamiento, y la salud–, y Daniel L. Schwarz –investigador centrado en educación y aprendizaje– se propusieron analizar el efecto que tenía el caminar en la capacidad creativa, procurando aislar el efecto de caminar y el efecto de estar al aire libre (2014), que serían los dos componentes en esto de “salir a dar un paseo para despejar la mente”. 

Para este equipo, la capacidad creativa es poder conectar ideas de formas inusuales y solucionar de forma pragmática enredos de forma original y ad hoc. Su estudio sugiere que caminar, incluso cuando se hace en un espacio cerrado, ayuda a despejar la mente. Esto quiere decir que incluso levantarte de la silla y salir de este contexto inmediato, ya implica ciertos beneficios. Algo así como levantarte de tu silla y dar una vuelta por un espacio separado de dónde estés instalada/o trabajando, por ejemplo durante una pausa de pomodoro (la técnica de concentración y cuidado de la capacidad cognitiva de la que soy muy fan). La clave, según este equipo, es que lo que hagas no te exija una concentración en una tarea muy específica como enviar mensajes de texto o tomar fotos. La clave que es permitas que domine usar tu atención divergente (vs. la atención convergente en una acción muy particular). 

Por otro lado, las investigadoras Mia Keinänen –ex-bailarina contemporánea e investigadora interdisciplinar del vínculo entre movimiento, cognición, aprendizaje, creatividad y hábitos mentales– y Eevi E. Beck –investigadora en ciencias de la educación–, cuentan que caminar tiene unas implicaciones específicas para las mujeres que se dedican a actividades intelectuales (2017). Retirarte de tu ordenador, y salir del espacio en el que estás trabajando, crea un paréntesis de libertad en el cual no atiendes a ninguna expectativa externa vinculada con el trabajo de cuidados –más aún si trabajas en tu espacio doméstico–, y te permite crear un espacio-tiempo en el que estás en tu casa de forma metafórica, especialmente si te has sentido fuera de lugar en la universidad o en tu lugar habitual de trabajo.

Fuente: The Dissertation Coach en Instagram, a su vez de una captura de pantalla en Twitter.

Mi propuesta concreta es que te animes a salir del espacio cerrado en el que estés. Si es al aire libre mejor, y si es rodeada/o de árboles o de “naturaleza”, como se suele decir, mejor aún (Atchley, et al. 2012; Berman et al., 2008).

Tómalo como un experimento en el que pruebes alguna ruta en particular, y pruebes/compruebes el ritmo al caminar que más te permita divagar con la mente. 

Abajo te explico cuáles son las ventajas de un paseo, y una propuesta para que pruebes tú mismo/a cómo te va. Cuéntanos tu experiencia a mí y al resto de la comunidad.  

Atchley, Ruth Anne, Strayer, Daniel L., Atchley, Paul (2012) Creativity in the Wild: Improving Creative Reasoning through Immersion in Natural Settings. PLoS ONE 7(12): e51474. doi:10.1371/journal.pone.0051474

Berman, Marc G.; Jonides, John; Kaplan, Stephen (2008). The Cognitive Benefits of Interacting With Nature. Psychological Science, 19(12), 1207–1212. doi:10.1111/j.1467-9280.2008.02225.x

Keinänen, Mia & Beck E., Eevi (2017) Wandering intellectuals: establishing a research agenda on gender, walking, and thinking. Gender, Place & Culture, 24:4, 515-533, DOI: 10.1080/0966369X.2017.1314940

Oppezzo, Marily; Schwartz, Daniel L. (2014). Give your ideas some legs: The positive effect of walking on creative thinking. Journal of Experimental Psychology: Learning, Memory, and Cognition, 40(4), 1142–1152. doi:10.1037/a0036577